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domingo, 3 de noviembre de 2013

El ojo



Nunca voy olvidar a Sulemain a pesar del poco tiempo que estuvimos juntos.
Y no precisamente por su nombre árabe, sino por su ojo de vidrio.
No duraba mucho en ninguna escuela. Tampoco en ningún pueblo.
Su familia era el sinónimo familiar del judío errante. Vagaban por el país y cuentan que habían emigrado de Brasil.
Se sentaba en el último banco de la clase, uno que estaba roto y solo podía ocuparlo un alumno.
Además miraba la pared cuando el maestro no hablaba.
Pero no lo pudo evitar, alguien siempre al final miraba su ojo celeste, el de vidrio.
El sano era verde pero se ve que los padres re pobres, lo habían comprado en una tienda de antigüedades del gran bazar de Estambul. 
El ojo hipnótico atraía tu mirada como un imán, una vez que lo mirabas no podías sacarle la vista de encima.
Ahí comienza la historia, bastaba un segundo, un instante y lo veías todo, absolutamente todo.
Toda la historia y todo el futuro, todos los puntos en un punto, simultáneamente en el celeste de su ojo.
Veías tu vida y todas las vidas de los otros.
Pero tu propia muerte era el desencadenante crítico de tu huida despavorida y tu negativa a volver al aula.
Sikorsky, el otro judío de mi clase, aficionado a las ciencias ocultas, leyó en un libro de nigromancia la historia de un mago del siglo XIII que poseía un ojo con esas características.
Es muy posible que la prótesis ocular de este brujo en vivió en Izmir,   haya rodado de ojo en ojo hasta la tienda de Estambul. 
Al principio lo cambiaron de clase, pero al final el papá de Sulemain, un turco vendedor de baratijas lo vino a buscar y nunca más lo vimos.
Dicen que Rodríguez cuando estudiaba para el ingreso a la universidad, vio a Borges en La perla del once. Venciendo su timidez lo fue a saludar. Entre otros asuntos que charló con el viejo, le conto la historia del ojo del turquito.
En 1949 el escritor publicó El Aleph. 


David Deka, diciembre de 1940

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